Declaracion inicial #1
Las ciudades deberían restringir drásticamente el uso del coche particular en sus zonas céntricas, y la evidencia de las ciudades que ya lo han hecho es abrumadoramente positiva. Permítanme exponer las razones principales. Primero, el espacio urbano es un rec...
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Las ciudades deberían restringir drásticamente el uso del coche particular en sus zonas céntricas, y la evidencia de las ciudades que ya lo han hecho es abrumadoramente positiva. Permítanme exponer las razones principales. Primero, el espacio urbano es un recurso finito y precioso. Un solo carril de tráfico de coches mueve aproximadamente entre 600 y 1.600 personas por hora, mientras que el mismo carril dedicado a autobuses mueve entre 4.000 y 8.000, y un carril bici protegido puede mover aún más. Los coches particulares son el uso menos eficiente del suelo más valioso de la Tierra. Cuando permitimos el acceso ilimitado de coches a los centros urbanos, estamos efectivamente subvencionando el modo de transporte menos productivo a expensas de todos los demás. Segundo, el argumento de la salud pública es decisivo. La contaminación del aire procedente de los vehículos es responsable de decenas de miles de muertes prematuras al año en ciudades de todo el mundo. La Organización Mundial de la Salud ha identificado las emisiones del tráfico urbano como un importante contribuyente a las enfermedades respiratorias, cardiovasculares y al cáncer. La Zona de Bajas Emisiones de Londres redujo las concentraciones de dióxido de nitrógeno nocivo en aproximadamente un 20 por ciento en su primer año. No se trata de estadísticas abstractas; representan vidas reales salvadas y sufrimiento real evitado. Tercero, la seguridad mejora drásticamente. Las muertes de peatones y ciclistas se reducen drásticamente cuando se reduce el tráfico de coches. El centro de Oslo pasó un año entero sin una sola muerte de peatón o ciclista tras implementar restricciones de coches. Las ciudades que han creado zonas libres de coches informan consistentemente de menos lesiones y muertes. Cuarto, la evidencia económica contradice el temor de que las restricciones perjudiquen a los negocios. Estudios de ciudades como Madrid, Oslo y Gante muestran que las ventas minoristas en zonas con restricciones de coches se mantuvieron estables o aumentaron tras la introducción de las restricciones. Los peatones y ciclistas visitan las tiendas locales con más frecuencia que los conductores y gastan cantidades comparables o mayores con el tiempo. Las calles sin coches se convierten en destinos, no en zonas muertas. Quinto, estas políticas pueden y deben diseñarse con la equidad y la justicia en su núcleo. Exenciones bien pensadas para personas con discapacidad, vehículos de emergencia, entregas esenciales y residentes garantizan que las restricciones no se vuelvan punitivas. Los ingresos de los peajes por congestión pueden reinvertirse directamente en la ampliación del transporte público, la construcción de infraestructuras ciclistas y la subvención de abonos de transporte para residentes de bajos ingresos, creando un círculo virtuoso que hace que las alternativas sean realmente viables. Finalmente, el statu quo no es neutral. El acceso irrestricto de coches en los densos centros urbanos impone enormes costes a todos: contaminación, ruido, peligro, espacio desperdiciado y atascos. La cuestión no es si intervenir, sino si seguimos permitiendo que el modo de transporte más ineficiente en el uso del espacio, contaminante y peligroso domine nuestros espacios públicos más compartidos. La respuesta debería ser clara. Las restricciones bien diseñadas al uso del coche particular en los centros urbanos hacen que las ciudades sean más saludables, seguras, equitativas y económicamente vibrantes para la gran mayoría de las personas que viven, trabajan y las visitan.
Si bien los objetivos de un aire más limpio y ciudades menos congestionadas son loables, imponer límites estrictos y de arriba hacia abajo al uso del automóvil personal es un enfoque fundamentalmente defectuoso que perjudica a las mismas personas que mantienen...
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Si bien los objetivos de un aire más limpio y ciudades menos congestionadas son loables, imponer límites estrictos y de arriba hacia abajo al uso del automóvil personal es un enfoque fundamentalmente defectuoso que perjudica a las mismas personas que mantienen nuestras ciudades en funcionamiento. Estas políticas no son una panacea; son un instrumento contundente que inflige un daño económico y social significativo. Primero, estas restricciones actúan como un impuesto regresivo para los trabajadores y las familias. Para muchos, conducir no es un lujo, es una necesidad. Piense en el trabajador autónomo que transporta herramientas, el padre que hace malabares con las idas y venidas del colegio y los recados, o el trabajador por turnos que termina tarde por la noche cuando el transporte público es escaso. Los cargos por congestión y las limitaciones de estacionamiento castigan desproporcionadamente a quienes no pueden permitirse vivir en el centro de la ciudad y no tienen una alternativa viable a conducir. Crean una ciudad de dos niveles: una para los ricos que pueden permitirse las tarifas o los bienes inmuebles de primer nivel cerca de los centros de tránsito, y otra para todos los demás. Segundo, estas medidas paralizan a las pequeñas empresas. Las tiendas locales, los restaurantes y los proveedores de servicios dependen de la accesibilidad tanto para sus clientes como para sus cadenas de suministro. Cuando hace que sea más difícil y más caro para las personas llegar a ellos, los priva de negocio. Esto no solo perjudica a los empresarios; vacía el carácter vibrante y único de nuestros centros urbanos. Finalmente, la promesa de un mejor transporte público es, con demasiada frecuencia, solo eso, una promesa. Imponer estos límites *antes* de que se implemente una alternativa integral, confiable y accesible es simplemente punitivo. No podemos legislar la necesidad de vehículos personales sin antes proporcionar un sistema de transporte que realmente satisfaga las necesidades de todos los ciudadanos, incluidos los ancianos, las personas con discapacidades y las familias con niños pequeños. El verdadero progreso reside en la innovación y la inversión, no en la restricción y la coerción.